I
Pensándolo bien, no soy un ateo. Al menos no en el estricto sentido de la palabra. Creo en eso que, en nuestra falta de palabras y nuestra abundancia de excusas, hemos llamado dios. Creo en ese principio originador, esa presencia abrumadora, en ese concepto inconmensurable. Y es exactamente porque creo que no puedo rebajar esa idea a un simple dios rencoroso y demasiado humano, un dios que apesta a ignorancia y a intolerancia. Mi ateísmo es puramente conceptual, metafísico y ontológico. Si realmente tu dios existe, tu dios crucificado y vejado ¿por qué no cura a todos los ciegos? ¿por qué no le da de comer a todo el continente africano? ¿por qué no evita que el techo de la basílica caiga sobre los feligreses en oración? Simplemente porque somos diminutas motas de polvo en un universo convulsionado. Somos una casualidad, un organismo aleatorio inconscientes (dentro de nuestra propia consciencia) de la inconsciencia de ese ente originador y anónimo. ¿De verdad crees que hay un plan divino especialmente diseñado para ti? De acuerdo, no niego que la idea sea de lo más reconfortante pero ¿cuánta vanidad es necesaria, cuanto sentido común hay que sacrificar para creer (y creer de verdad) esa falacia?Como dije antes, no creo que realmente sea un ateo. Mis no creencias son un acto de fe. De hecho, mi único acto de fe. Miro alrededor, miro al templo y a la iglesia, miro al pastor y al cura, miro al creyente y a su limosna. ¿De verdad es necesario todo eso? ¿Esa adoración, esos cánticos, las dosis de falsa compasión por un prójimo que nos importa una mierda? ¿El lastimero sentido de orgullo, de autosuficiencia, de sabernos protegidos y que cada uno de nuestro pasos fue premeditado por nuestro creador? En serio. ¿Es realmente necesario? ¿Sólo podemos concebir a nuestro magnífico creador como un dios justiciero, rencoroso, celoso y de baja autoestima? Dije que mis creencias son mi único acto de fe. ¿Por qué? Porque sacrifico toda esta retahíla de ideas absurdas, el falso consuelo y el egotismo enfermizo de un creyente fervoroso. Es un acto de fe por que abrazo una idea mayor, más pura y transparente; un concepto menos humano, un principio sin nombre y sin nacionalidad. Es un acto de fe porque no me martirizo con fábulas celestiales, promesas abismales de pasar un eternidad en un averno improbable. Es un acto de fe porque mi moral no se ve cuarteada por amenazas llenas de infantil retórica infernal, porque mis buenas obras no tienen recompensas ni beneficios en la estratosfera, porque en vez de la oración pasiva prefiero la voluntad sincera y sin falsos incentivos. Si, en definitiva no creo que sea ateo. Creo y creo que hay algo mas complejo, más profundo y mas racional que un dios en taparrabos o que un diablo jugando a ser el malo.
II
Recuerdo que de pequeño mi madre me hacía orar siempre. Dar las gracias por mi familia, por mi salud y por mis amigos. Recuerdo que me hacía pedirle al ángel de la guarda que no me abandonará ni de noche ni de día. Oraba todas las noches antes de acostarme y todas la mañanas antes de cepillarme. En mi cuello colgaba una medalla de la Virgen de Todos los Tormentos y una plaquita de San Expedito, el santo de las causas imposibles. ¿Sirvió de algo? La verdad, no sabría decirles. Hice la conmunión y luego la confirmación. Confesé que me masturbaba viendo pornografía, que decía mentiras y que le pegaba a mis hermanos. ¿Sirvió de algo? No. De verdad no lo creo. Recé para que no muriera mi pez, recé para no reprobar un examen. Murió mi pez y repetí ese año. No, definitivamente no sirvió de nada. Si el fin de la oración no es conseguir lo que se esta pidiendo, ¿a que jugamos entonces?Hace unos días caminaba por el centro de mi ciudad y un mendigo con una úlcera fétida se me acerca.
-Amigo, por favor cómpreme esta estampita de San Semeolvidoelnombreenestemomento.-
-¿Que precio tiene?-.
-Puede darme lo que usted quiera. No menos de 10 bsf.- dijo el mendigo con una santa avaricia desmoronada en sus facciones.
-Si es así, entonces no es lo que yo quiera darle ¿no?-. Me atrevo a jugar un poco con él. En fin, he leído lo suficiente como para saber que sería un infiel en cualquier época que haya nacido. Jugar con un mendigo leproso no debe preocuparme.
-¡Coño! Tampoco es que me va a joder. ¿Me va a dar o no me va a dar algo? Si quiere, ni agarre la estampita. Deme lo que usted quiera.- Estaba desesperado. Yo no, el mendigo.
-Bueno, bueno. Espérame aquí que no cargo efectivo y así aprovecho de ir a sacar a un cajero.- dije en mi mejor tono de resignación. Entré al centro comercial y me metí en la primera panadería que encontré. Medio kilo de queso y medio kilo de jamón. Cuatro panes canillas y dos jugos de naranja. Salí al estacionamiento. El leproso me esperaba pacientemente recostado de una pared que hedía a orina.
-¿Qué es esto?- preguntó cuando me vio caminar hacia él con las bolsas de comida. Su mirada era una graciosa mezcla de sorpresa con un poco de estecarajomequierejoder.
-Toma esto. Si lo administras bien, comerás varias noches seguidas.- me di la espalda enseguida. No había avanzado ni cinco metros cuando el mendigo dice a mis espaldas.
-¿Y la estampita? ¿No la vas a llevar?- dijo con la voz entrecortada.
-No, gracias- dije mientras me volteaba hacia él. -Úsala para limpiarte el culo cuando no tengas con qué-. Antes de voltear y salir del estacionamiento, escuché la fuerte y profunda carcajada del leproso magnificada por el eco de un aparcamiento casi vacío.













