viernes 5 de febrero de 2010

#MILF: una mamá "cogible".

Una sociedad promiscua a acuñado en nuestro lenguaje diario una simpática palabra: MILF (Mom I'd Like to Fuck- Una Mamá que me gustaría coger o simplemente una Mamá Cogible). Es un acrónimo (¿qué coño es un acrónimo?) proveniente del inglés que ha redefinido como vemos a la mamá de nuestro mejor amigo. Estados Unidos no sólo exporta pésimas películas, rubias tontas y comida chatarra sino también palabras. Y está vez se valió del mejor método de aprendizaje y alcance: la pornografía. Y también, la Internet. ¿Qué? ¿Crees que la Internet fue creada para conectar a todo el globo? No, ese fue, digamos: un daño colateral. La Internet fue creada con el único propósito de que la pornografía fuera tan accesible como lo es la marihuana en Jamaica.  No sean ilusos. Y ha tenido un gran éxito -como lo pueden afirmar, gustosamente, vuestros genitales-. En un post anterior ya dije lo que pensaba del porno, así que no lo repetiré. Pero digamos que cuando al morbo colectivo se le ocurrió que las escenas lésbicas hacían dinero, di gracias al cielo. 
 En fin, me estoy desviando del tema principal: mamás -madres- que están buenas, así de simple. No recuerdo muy bien cuando escuché por primera vez el término MILF pero si a la primera MILF que vi. Es un bello adjetivo. La Real Academia de la Lengua Española debería incluirla en el diccionario y hacerla pasar -oficialmente- a nuestro lenguaje de todos los días. Y es que, en la actualidad el uso de esta palabra es casi diaria. Es decir, serias totalmente falsas  estadísticas arrojan resultados sorprendentes: por cada muchacho de 23 años -MILFseeker- existe un promedio de cuatros MILF´s. Este revelador descubrimiento puede ser comprobado fácilmente con un poco de trabajo de campo. Si te tropiezas con esas largas filas de carros que se hacen en los colegios alrededor del mediodía, te darás cuenta que el 87% de los vehículos están ocupados por madres que buscan a sus hijos, un 10% por padres que buscan a sus hijos, 2% de transportes escolares que buscan a los hijos de otros y un 1% de pedófilos o  reprimidos sexuales que quieren tocar a los hijos de todos. Ahora, una de cada diez madres es una MILF. Esto es un hecho comprobado ciéntificamente. Ok, no lo es. Pero igual pasa en los casinos, centro comerciales y centros estéticos (su hábitat natural), pero con una pequeña variación en su población dependiendo del ambiente y del cirujano plástico que opere en un radio de 15 km. Tengamos en cuenta que las MILF´s saben lo que hacen. Gastan -o alguien mas gasta en ellas- sumas de dinero exorbitantes para convertirlas en objetos sexuales: puede suceder después de un divorcio o antes. Y generalmente, quien invierte en ellas no es el mismo que el que las disfruta.

Ella es una MILF.

martes 2 de febrero de 2010

La violencia del recuerdo

Cuando entré a la habitación ella ya se encontraba de espalda. Miraba fijamente su reflejo en el espejo y una tímida lágrima se deslizaba por su mejilla. ¿Qué le sucede? ¿Por qué llora? Sus hombros y su espalda se contorneaban ligeramente y sus labios apenas dejaban escapar un muy suave gemido. Me deslicé y terminé de entrar a la habitación. Apenas estaba iluminada por una lámpara a gas colocada estratégicamente en la repisa junto con una docena de muñecas de trapo antiquísimas. Lleva un delicada y casi transparente dormilona que le llegaba a los tobillos. Su pelo estaba suelto y caía a raudales sobre la semidesnuda espalda y brillaba como plata a la a luz de una luna omnipresente. El aire era espeso, pesado. Un hedor fortísimo a flores y a tierra mojada impregnaba todo. El silencio era abrumador. Caminé despacio, procurando no hacer ruido alguno.  Mis pasos parecía flotar, toda la imagen era surrealista. La habitación estaba desordenada y casi destruida pero en ese caos existía una armonía impecable, imposible de describir. Finalmente, llegué a donde estaba ella. Me detuve a centímetros de su larga cabellera y me percaté de que era su cabello el que desprendía el intenso olor a flores y tierra mojada. 
-¿Por qué lloras?- le pregunté en el tono más amable que me permitieron las circunstancias y los nervios. 
-Porque me has olvidado- respondió ella rápidamente. Su voz era límpida y cristalina. Como una caída de agua natural sobre una roca. 
-¿Te he olvidado? ¡Claro que no!- dije algo molesto. La verdad si lo había hecho. No hace mucho pero ella ya había dejado de ser el primer pensamiento que invoco en las mañanas. 
-¡Claro que sí!- gritó histérica. -¡Me has olvidado por completo!-. Dio media vuelta y su rostro se torció en una mueca de dolor y rabia. Me miraba fijamente con los ojos inyectados de sangre, sus manos trémulas y todos los músculos del cuerpo tensados. 
-¡No! ¡No ter permitiré que digas semejante locura! ¡No te he olvidado! Y la mejor prueba es que estás aquí, en mitad de la noche como un fantasma que no conoce descanso alguno-. Recuperé la compostura luego de su ataque. Mi voz fue firme y me pareció  no haberme escuchado vacilar en momento alguno.
-No vengo a quedarme. Ya no-. Su rostro se apaciguó. Miró hacia abajo y vi como una inmensa lágrima se estrellaba estrepitosamente contra las losas. -Esto es una despedida. Pienso marcharme. Marcharme y no volver más.- Caminó hacia el balcón y se apoyo en la barandilla.
No puedo mentir. No a estas alturas. Quería olvidarla, sí. Pero ¿perderle para siempre? ¿No recordarle más? ¿Sepultar definitivamente su recuerdo? Me estremecí por un momento. No puede ser. ¿Cómo va a marcharse? No puede hacerlo. Caminé rápidamente hacia el balcón y la sujeté bruscamente por el brazo derecho. Me acerqué tanto como pude, lo suficiente como respirar su aire y que ella respirara el mío.
-¡No te lo permito! ¡No así!- susurré furioso mientras la miraba a los ojos. Me sostuvo la mirada en todo momento. Intentó soltarse pero no la deje. Empezaba a hacerle daño. No me importó. -No pienso dejarte ir, lo sabes-. 
Se acercó a mi mucho más y rozo mis labios. Su lengua entró en mi boca con tal ímpetu que me dio un poco de asco. Nos sumergimos en un beso violento, lleno de odio mutuo, de rabia y rencor. Distraídamente empecé a soltarla y ya no la sujetaba, acariciaba su espalda y torpemente intentaba desvestirle.
-¡Eres un maldito!- dijo entre susurros y besos ahogados. 
-Lo sé-.  

sábado 30 de enero de 2010

Puedo...

A veces puedo sentirte en mí piel.
Y tus pasos son mis pasos,
y tus ojos son mis ojos.
A veces puedo percibir tu miedo,
percibir tus silencios,
y tus ausencias. 
Puedo sentir lo que tocas con tus manos,
en mis manos,
puedo respirar tu aire,
y exhalarlo de mis pulmones.
Puedo sentir el vértigo,
el mareo,
el calor de tu cuerpo,
las vibraciones de tu espíritu,
y las vacilaciones de tu voluntad.
Puedo sentir tu pena,
como si fuera la mía propia.
Puedo mirarte con los ojos cerrados,
y hablarte en susurros.
Puedo dártelo todo,
y quedarme sin nada.
Puedo ser varios o ninguno,
puedo serlo todo o ser simplemente nada,
puedo verte y con eso me basta.
Puedo sentirte e imaginarte,
puedo también echarte de menos,
y olvidarte.

Comienzo del #2010

Bueno, aquí estoy. Oficialmente el primer post de éste 2010. Después de casi un mes (creo que un poco más de un mes), sin escribir aquí en el blog me he obligado a, aunque sea, dar señales de que estoy vivo. Si, no todo el mundo tiene Twitter. Así que es totalmente comprensible que las personas que leen (o leían) este blog hayan llegado a la tétrica conclusión de que morí mientras hacía el amor. O que tal vez me gané la lotería y me fui a los Alpes Suizos a vivir dentro de una cabaña a esperar la muerte leyendo. Si, las conclusiones son compresibles. Pero en mí defensa daré un resumido resumen de las excusas razones por las cuales escribir en el blog se me ha hecho tan difícil como masturbarse con la mano izquierda:
Este 2010 ha comenzado bien. En serio, no puedo quejarme. El 04 de enero a las 15:47 me estaban llamando para una entrevista de trabajo. El 06 ya empecé a trabajar. Así que, sin darme tiempo de pasar la resaca o de terminar de abrir los regalos, cuando me doy cuenta, ya tengo que cumplir con horario de oficina. Así de rápido e inesperado empezó mi 2010. Tan inesperado como ese gas que te echas pensado que viene silencioso. Por esta razón (me refiero al trabajo, no al gas silencioso) es que he estado ocupado. Tengo que adaptarme a tener responsabilidades de gente grande, a llevar una agenda y a poner cara de güevon en una oficina. No es fácil, el proceso es lento y arduo. También tengo que aprender a administrar el tiempo entre la universidad, el trabajo y mi (preciado y casi extinto) tiempo libre. Pero, como dije, no puedo quejarme. 
Como iniciativa para este año no voy hacer dieta, ni tampoco... hacer dieta. Este año me conseguiré una novia. Ya lo anuncié en el Twitter bajo el hashtag: #novia2010. Pero no vamos muy bien. Es decir, es difícil en estos tiempos conseguir a alguien como yo quiero. Difícil. Es como buscar una uva pasa en un tarrón lleno de aceitunas. ¡Qué tan difícil puede ser conseguirse a una mujer que lea a Nietszche o a Ciorán, que sea fumadora ocasional y que tenga pecas en la espalda! O que simplemente compartamos el mínimos de los gustos posibles. Créanme. No se consigue. En fin... 
Otra cosa que me ha tenido distraído es la situación del país. Vivo en Venezuela. ¿Ven? Ahora todos entienden cuando, muy sombríamente, digo la situación del país. No me pondré a explicar todo lo que pasa pero para ponerlo claro y conciso: Chávez jodió el país en menos de 30 días. Todo esta muy tenso. Tan tenso como las reuniones en casa de la familia de tu novia (a la que acabas de dejar embarazada). La violencia y las protestas han llenado las calles, las universidades, las plazas. Ya hay dos estudiantes muertos en protestas. Así de mal estamos. Lean la prensa venezolana y aprieten las nalgas. ¿Quieren ver fotos de las protestas en mi universidad? ¿Sí? Ver noticia. Saldo de la manifestación: 2 policías y 11 estudiantes heridos. Hasta ahora, en toda Venezuela, van 70 estudiantes heridos y 3 muertos. Así que... recen para que a Esteban de Jesús le de un infarto y caiga redondo. 
¿Ven? A pesar de que es gramaticalmente incorrecto, pude hacer un resumen resumido de lo que ha sido este inicio de año. Solo les pido un favor: ¡HAGÁNSE UNA CUENTA EN TWITTER, COÑO! Y síganme... @gor_ham

martes 15 de diciembre de 2009

¡Feliz Consumismo! Digo, Navidad...

Lo sé. Ya hacía falta un post polémico e irreverente. Algo que te hiciera preguntarte a ti mismo: "¿Qué hago leyendo esta mierda? ¿Por qué pierdo mi tiempo así?" Bueno, siéntase libre de no leer este post. En serio, nopierdasutiempoconmigo.

domingo 13 de diciembre de 2009

Diálogo: ¿cómo debe amarse a una mujer?

En algún bar

No estamos de acuerdo en la manera de como se debe amar a una mujer. Yo digo que el amor hacia ella debe ser sutil, casi imperceptible, pues no hay mayor declaración de amor que la que no se hace, ni beso más intenso aquel que jamás se da. Nada en este mundo se iguala a la dulzura de un amor que nadie ve.

Tú, por otro lado, argumentas que el amor debe ser intenso, una llama en sí misma, abrasador. Que en él no haya espacio que dejar al pensamiento o a la duda, ni siquiera a la razón o la cordura. Que como fuego que es, debe consumir.

Entonces, que sean nuestros desamores quienes han de juzgarnos...

Ella

Bendíceme con tu odio mi princesa muerta que de ti no hay sentimiento vil o impuro.
Destiérrame en tu olvido porque la ausencia de tu voz es aún más dulce que la misma.
No hay en ti error alguno y aún en tus imperfecciones Dios creó para mi tortura y Su deleite, una exuberante hembra hecha de suspiros y estrellas.
Que ríe como un amanecer y duerme como el silencio.
Mi princesa muerta, ¿podrá el tiempo borrarte de mis manos?
¿Podrá el desamor evaporar tu recuerdo de mis sábanas?

En el silencio de mi soledad te amo con lágrimas de tinta y sangre.
Te imagino hecha de gemidos y rencores, de nostalgias y ausencias; jamás te concebí tan hermosa como ahora.
No hubo día en que la presencia de tu recuerdo se tatuara como una sombra en los rincones de mi habitación, no hubo mañana en que el rocío de tus besos no se posará con dulzura sobre mis labios.
No hay noche en que mi pluma no llore tu partida y triste y desolada te escriba estas enamoradas letras, usándome a mí como un simple intermediario.

jueves 10 de diciembre de 2009

El anhelo de todo Hombre

Llevo en mí las fuerzas tenebrosas del Maligno,
antiguas, tan viejas como el hombre y aun más viejas que éste;
llevo en mi las fuerzas luminosas de Dios,
antiguas, tan viejas como el hombre y aun más viejas que éste.
Y mi alma es el campo de batalla donde se enfrentan ambos ejércitos.

Nikos Kazantzakis
La Última Tentación

Todo hombre y toda mujer tiene el deseo sobrenatural pero humano de llegar hasta Dios o mejor dicho, de retornar a Dios. Esta nostalgia, esta necesidad de Dios ha abierto en mí grandes y profundas heridas pero a la vez ha hecho correr de ellas grandes manantiales. Desde siempre, la fuente de todas mis angustias ha sido la lucha entre la carne y el espíritu. Esa lucha incesante de dos fuerzas antagónicas que se despedazan sin saber que comparten una misma esencia. La angustia -como dije- ha sido abrumadora: quiero a mi cuerpo y deseo satisfacerlo y no verlo envilecido; quiero a mi alma y no quiero verla perdida. Desde el momento que tuve consciencia de esto he luchado para unir a estas dos fuerzas, conciliarlas entre sí para yo poder conciliarme con ellas. Pero es una lucha agotadora y estoy exhausto. Todo hombre y toda mujer -quiera o no- participa en la naturaleza divina y dentro de ellos estalla la lucha entre Dios y las fuerzas malignas, la batalla entre la voluntad de la carne y la voluntad del espíritu. Una batalla sin cuartel que no deja de perseguir el deseo de reconciliación entre el Hombre y su Dios. Casi siempre, esta lucha es breve e inconsciente ya que un alma débil pierde rápido la consistencia y termina confundiéndose con la carne y así la guerra toca su fin. Pero existen Hombres que a pesar de los daños colaterales de la lucha y sin importar cuan sangrienta sea, mantienen sus ojos firmes en Dios y en el Deber Supremo y, la lucha entre la carne y el espíritu estalla sin misericordia alguna y perdura incluso hasta la muerte. La rebelión y la sumisión, la apostasía y el fervor se intercambia entre sí confundiendo y torturando al alma, a la carne.

¿Pero por qué luchamos? ¿Por qué nos embarcamos en tan amarga travesía? ¿Por qué nos desangramos voluntariamente y sacrificamos las pequeñas alegrías cotidianas por semejante causa? ¿Qué hace que el sufrimiento, el dolor y la muerte tan cercanos a nosotros? ¿Y por qué la victoria sobre la muerte y el pecado se nos hace tan familiar pero a la vez tan distante?

Porque Él pasó por todas las pruebas que debe pasar el Hombre que lucha. Y triunfó.

lunes 7 de diciembre de 2009

Breviaro I: Fantasma

I
No esperó una explicación. Tomo el revólver entre sus manos mientras en su cabeza resonaban las últimas palabras que pronunció ella. Su respiración era calmada y su mirada desprendía un dolor impenetrable. Miró por la ventana durante unos segundos, preguntándose si de esta manera terminaba todo. Vio a la gente pasar y por primera vez la vida se le asomó con una perspectiva totalmente diferente. Todo parecía un sueño, una niebla fantasmal se caminaba entre los transeúntes y sus rostros estaban difusos, distorsionados.

II
El frío metal del arma lo trajo de vuelta, el peso de la muerte lo abrumó apenas. Ella aún inconsciente, parecía dormir. Su pecho marcaba una respiración lenta y pausada. Un ligero moretón en su rostro recordaba que no era una princesa dormida en su lecho, sus vestidos rajados y el dolor tatuado en sus facciones opacaban ligeramente su belleza. Él la miró, como tantas veces lo había hecho antes, como tantas veces lo evitó. La siguió mirando mientras una fugitiva lágrima se deslizó incógnita a través de su mejilla hasta la punta aun caliente del revólver. En su piel vio lo frágil que era la vida, lo fugaz y la brevedad de los instantes. Observó durante minutos como el rubor volvía a sus mejillas, dejando atrás la inconsciencia. Sus ojos se abrieron pero no lo vieron a él, buscaron en el vació y encontraron su cuerpo tendido con un disparo en la sien. Él soltó el revólver y al fin pudo marcharse...

viernes 4 de diciembre de 2009

Una sola palabra

A Sol.
Por saber el peso de una palabra.

El poder del silencio nace en una palabra escrita, en la pronunciación de unos labios invisibles y en las manos que la escriben. Nada tan eterno como la cicatriz de una palabra de odio, o algo tan perenne como el amor momificado y ajeno al tiempo, escrito en una hoja de papel.

Una palabra es la seda con que se viste la desnudez del pensamiento, el pudor de la (in)consciencia, el raro y extraño momento de paz que tienes al mirarte al espejo, al ver dentro de ti. Ese momento en que una sonrisa virgen se dibuja en tu rostro, el instante en el que sabes exactamente quién eres y que haces aquí, tan preciados segundos que por su naturaleza son volubles y finitos, igual que nosotros. Solo ocurre ese momento de paz para olvidarle al instante siguiente y olvidar todo lo que el conlleva.

La palabra escrita es la paz del alma consigo misma. El suspiro de un cuerpo agotado, el sonido del tiempo inmóvil, que solo existe cuando no está. A diferencia de nosotros, que solo existimos cuando nos damos cuenta que respiramos y vivimos un tiempo que no es de nosotros.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Prólogo

La mujer danzaba violentamente en el medio de la habitación. Su ropa hecha jirones dejaba ver la silueta de un cuerpo desnudo y voluptuoso. Sus pies están descalzos y llenos de tierra húmeda. Todo huele a lluvia y a flores. La habitación está sumida en un denso e impenetrable silencio, a excepción de la respiración acelerada de la mujer que baila en el centro de la morada. Un ritmo ciego e involuntario se deja oír poco a poco; el crepitar de un fuego salvaje y el crujir de la madera vieja y dañada. De nuevo, el olor a humedad y a olvido, a recuerdos engullidos por la apatía y a palabras que jamás se dijeron. La mujer de pronto parecía más vieja, más decrépita y débil pero solo para volver, en un juego de sombras, oscuridad y luz, a ser más joven, más tersa y misteriosamente atractiva. Juega con su edad, es dueña del tiempo y de su caprichoso funcionamiento. Ella no es humana, es una diosa vestida con la desnudez de un mortal, se dibuja desapaciblemente en sus facciones la torpeza de una humanidad fingida y entre sus muslos, se deja ver la feminidad que le es propia al demonio.

La mujer no repara en mi presencia. Sigue y sigue danzando con frenesí y descontrol. Baila alrededor de un fuego alimentado por biblias y cruces, por santos y vírgenes. Su sombra se magnifica en las paredes y se arrastra hasta los rincones más oscuros de la habitación donde una vegetación tímida pero amenazante se oculta de la agresiva luz. La miro y me pierdo en sus movimientos, sus extremidades vibran y se distorsionan en un rápido zarandeo, sus ojos están fuertemente cerrados y sus cabellos flotan en el aire desafiando a la frágil realidad.

De pronto, un murmullo brota de sus labios y se derrama por su pecho. Una retahíla de palabras ininteligibles y guturales invade el aire. Una voz devastadora y sorda florece como un eco, se mueve como el humo del incienso y envuelve en un abrazo letal al silencio.

-¿¡Quién eres!?- grité interrumpiendo su constante siseo . La mujer voltea su rostro hacia la dirección en la que emergió mi voz.

Sus ojos aún permanecen cerrados y sus labios ya no producen ningún sonido. Camina lentamente hacia mí; sus movimientos son felinos, sensuales. Como la mujer que se sabe hermosa y letal. Cada paso que da hace que su precaria vestimenta deje ver un poco de su desnudez, de la firmeza prodigiosa de su cuerpo. Sus facciones son delicadas pero raramente masculinas, fuertes y acentuadas. De cerca pude apreciar sus límpidos pómulos, la carnosidad de sus labios y su amplia frente escondida detrás de mechones desordenados de un oscuro cabello negro. Su tez era blanca como la leche, sin ningún tipo de imperfección. Parada justo enfrente de mí, parecía una pieza de frío mármol. Se agachó y flexionó sus largas piernas para quedar a mi altura –yo estaba sentado en el suelo-. Estaba realmente cerca, tanto que, su aliento cayó en mi rostro como un cálido aceite perfumado, espeso. Toda ella olía a flores salvajes, a Naturaleza virginal y atroz. Irracional y tosca, breve y armoniosa permaneció unos segundos inmóvil, sin mover un solo músculo. Sin previo aviso, se levantaron sus párpados –no puede evitar evocar la grandeza de un amanecer- y debajo de ellos aparecieron dos esmeraldas color verde. ¡Dios es mi testigo! Jamás humano alguno ha visto ojos semejantes a los de aquella mujer. Ningún poema ni ninguna canción podrían hacerle justicia, un pintor no alcanzaría, ni en sueños, crear semejante amasijo de colores, angustias y alma. En la semioscuridad en la que nos encontrábamos, sus ojos parecían brillar levemente.

-¿Me preguntas quién soy?- dijo ella sin reacción alguna en su rostro. Su voz era grave, femenina pero madura. -¿Realmente quieres saber mi nombre?-.

Estaba paralizado. Algo turbio flotaba en el aire; alguna presencia etérea, un par de ojos posados en mí, unos pasos invisibles a mis espaldas, una respiración leve en la base de mi cuello. El miedo es básico y primitivo. Mis miembros estaban congelados y mi espiración era fuerte y forzosa. Sudaba a cántaros y un temblor recorría mi cuerpo provocando espasmos involuntarios. Sentía puro y elemental terror. La mujer se acercó aún mas. Se balanceó sobre sus piernas flexionadas y se apoyó en sus manos a la vez que las colocaba a mi costado. Sentí sus firmes pechos rozar mi torso y su muslo jugar maliciosamente con mi entrepierna. Emitió una risilla al notar como se endurecía mi miembro. Su olor impregnó mi paladar como un viscoso almizcle y su sudor aromatizó mi ropa. Se acercó a mi oreja y la tensión en mi cuerpo aumentó al punto del colapso.

-Tú sabes quien soy-. Sus palabras acariciaron mi cuello y se volcaron con suavidad sobre mis labios. Me hundí resignado en su frondoso cabello negro. Empecé a sollozar como un niño. La abracé totalmente devastado y fuera de mí. Claro que sabía quién era ella. Como no saberlo. La había visto en muchas ocasiones durante toda mi vida. No siempre tenía la misma apariencia pero en el fondo siempre supe que era ella. A veces era solo un sentimiento, una sombra, una voz o un gesto pero en todo momento tuve la certeza de quién era. Siempre quise negarlo, rechazar sus existencia y evitar su mirada escondida en los ojos de los demás. Nunca pude, por más que lo intentara.
La mujer abrazó mi cuerpo con sus piernas y pasó sus manos sobre mi cabeza. Encajamos como dos amates fogosos que no conocen la existencia de un mañana. Colocó con una suave inclinación mi rostro en su pecho y mis lágrimas recorrieron mezquinas todos los pliegues de sus consistentes senos, al santo ritmo de una canción de cuna mal tarareada.

-Tranquilo, tranquilo hijo mío. Ya estás en casa- dijo Lucifer mientras posaba sus lascivos labios en mi boca .

sábado 28 de noviembre de 2009

Un abstemio de dios

I
Pensándolo bien, no soy un ateo. Al menos no en el estricto sentido de la palabra. Creo en eso que, en nuestra falta de palabras y nuestra abundancia de excusas, hemos llamado dios. Creo en ese principio originador, esa presencia abrumadora, en ese concepto inconmensurable. Y es exactamente porque creo que no puedo rebajar esa idea a un simple dios rencoroso y demasiado humano, un dios que apesta a ignorancia y a intolerancia. Mi ateísmo es puramente conceptual, metafísico y ontológico. Si realmente tu dios existe, tu dios crucificado y vejado ¿por qué no cura a todos los ciegos? ¿por qué no le da de comer a todo el continente africano? ¿por qué no evita que el techo de la basílica caiga sobre los feligreses en oración? Simplemente porque somos diminutas motas de polvo en un universo convulsionado. Somos una casualidad, un organismo aleatorio inconscientes (dentro de nuestra propia consciencia) de la inconsciencia de ese ente originador y anónimo. ¿De verdad crees que hay un plan divino especialmente diseñado para ti? De acuerdo, no niego que la idea sea de lo más reconfortante pero ¿cuánta vanidad es necesaria, cuanto sentido común hay que sacrificar para creer (y creer de verdad) esa falacia?

Como dije antes, no creo que realmente sea un ateo. Mis no creencias son un acto de fe. De hecho, mi único acto de fe. Miro alrededor, miro al templo y a la iglesia, miro al pastor y al cura, miro al creyente y a su limosna. ¿De verdad es necesario todo eso? ¿Esa adoración, esos cánticos, las dosis de falsa compasión por un prójimo que nos importa una mierda? ¿El lastimero sentido de orgullo, de autosuficiencia, de sabernos protegidos y que cada uno de nuestro pasos fue premeditado por nuestro creador? En serio. ¿Es realmente necesario? ¿Sólo podemos concebir a nuestro magnífico creador como un dios justiciero, rencoroso, celoso y de baja autoestima? Dije que mis creencias son mi único acto de fe. ¿Por qué? Porque sacrifico toda esta retahíla de ideas absurdas, el falso consuelo y el egotismo enfermizo de un creyente fervoroso. Es un acto de fe por que abrazo una idea mayor, más pura y transparente; un concepto menos humano, un principio sin nombre y sin nacionalidad. Es un acto de fe porque no me martirizo con fábulas celestiales, promesas abismales de pasar un eternidad en un averno improbable. Es un acto de fe porque mi moral no se ve cuarteada por amenazas llenas de infantil retórica infernal, porque mis buenas obras no tienen recompensas ni beneficios en la estratosfera, porque en vez de la oración pasiva prefiero la voluntad sincera y sin falsos incentivos. Si, en definitiva no creo que sea ateo. Creo y creo que hay algo mas complejo, más profundo y mas racional que un dios en taparrabos o que un diablo jugando a ser el malo.

II
Recuerdo que de pequeño mi madre me hacía orar siempre. Dar las gracias por mi familia, por mi salud y por mis amigos. Recuerdo que me hacía pedirle al ángel de la guarda que no me abandonará ni de noche ni de día. Oraba todas las noches antes de acostarme y todas la mañanas antes de cepillarme. En mi cuello colgaba una medalla de la Virgen de Todos los Tormentos y una plaquita de San Expedito, el santo de las causas imposibles. ¿Sirvió de algo? La verdad, no sabría decirles. Hice la conmunión y luego la confirmación. Confesé que me masturbaba viendo pornografía, que decía mentiras y que le pegaba a mis hermanos. ¿Sirvió de algo? No. De verdad no lo creo. Recé para que no muriera mi pez, recé para no reprobar un examen. Murió mi pez y repetí ese año. No, definitivamente no sirvió de nada. Si el fin de la oración no es conseguir lo que se esta pidiendo, ¿a que jugamos entonces?

Hace unos días caminaba por el centro de mi ciudad y un mendigo con una úlcera fétida se me acerca.

-Amigo, por favor cómpreme esta estampita de San Semeolvidoelnombreenestemomento.-

-¿Que precio tiene?-.

-Puede darme lo que usted quiera. No menos de 10 bsf.- dijo el mendigo con una santa avaricia desmoronada en sus facciones.

-Si es así, entonces no es lo que yo quiera darle ¿no?-. Me atrevo a jugar un poco con él. En fin, he leído lo suficiente como para saber que sería un infiel en cualquier época que haya nacido. Jugar con un mendigo leproso no debe preocuparme.

-¡Coño! Tampoco es que me va a joder. ¿Me va a dar o no me va a dar algo? Si quiere, ni agarre la estampita. Deme lo que usted quiera.- Estaba desesperado. Yo no, el mendigo.

-Bueno, bueno. Espérame aquí que no cargo efectivo y así aprovecho de ir a sacar a un cajero.- dije en mi mejor tono de resignación. Entré al centro comercial y me metí en la primera panadería que encontré. Medio kilo de queso y medio kilo de jamón. Cuatro panes canillas y dos jugos de naranja. Salí al estacionamiento. El leproso me esperaba pacientemente recostado de una pared que hedía a orina.

-¿Qué es esto?- preguntó cuando me vio caminar hacia él con las bolsas de comida. Su mirada era una graciosa mezcla de sorpresa con un poco de estecarajomequierejoder.

-Toma esto. Si lo administras bien, comerás varias noches seguidas.- me di la espalda enseguida. No había avanzado ni cinco metros cuando el mendigo dice a mis espaldas.

-¿Y la estampita? ¿No la vas a llevar?- dijo con la voz entrecortada.

-No, gracias- dije mientras me volteaba hacia él. -Úsala para limpiarte el culo cuando no tengas con qué-. Antes de voltear y salir del estacionamiento, escuché la fuerte y profunda carcajada del leproso magnificada por el eco de un aparcamiento casi vacío.

viernes 27 de noviembre de 2009

Aquí

Pocas veces nos situamos en el ahora, en el momento presente, en el aquí que transcurre indetenible y sin clemencia. Ese momento presente que cuando somos conscientes de él, ya ha dejado de existir hace apenas segundos.

Un sonido mecánico, un jazz en el fondo, un libro de Nietzsche sobre una Biblia en la mesa de noche. El piso frío, los pies descalzos. Palabras de filósofos tatuadas en la pared, fotos de una guerra y la ventana abierta. Afuera una luna vigilante, los pasos furtivos de una fantasma y la risa de una niña interrumpida por el cornetazo de un auto. Adentro, un Corán desgastado e incrédulo y una kipá maltrecha colgada de la pared.

Un viento vestido de mar sacude un pequeño bambú, lo acaricia con lentitud, como bailando con él. A lo lejos y si permanezco en silencio, la voz del mar susurra olas impulsadas por alientos que se estrellan contra una muralla de piedra negra. Un crucifijo que roza mi pecho a pesar de mi ateísmo. La boca reseca y los dedos manchados de tinta. De nuevo las voces imperceptibles.

Un vacío perpetuo y de nuevo el silencio que lo engulle todo.

03:11

lunes 23 de noviembre de 2009

El problema de la pornografía: hay penes.

En realidad, no soy un gran fanático de la pornografía. Para otros hombres masturbarse mientras ven pornografía es toda una disciplina deportiva pero para mí es simplemente difícil. Tengo amigos que tienen en sus computadoras una pornoteca de proporciones bíblicas con actrices porno de renombre y directores de culto: un Polanski experto en escenas under 19 y un Kubrick que dirige los mejores threesomes. Para ellos ver pornografía no es solo una actividad libidinosa sino que es toda una expresión del séptimo arte. Pueden hacer comentarios completamente serios sobre los diálogos, iluminación, maquillaje y escenografía de cualquier película que le nombres. Para ellos es tan socialmente aceptable como hablar de fútbol, carros o política.
Recuerdo cuando descubrí la pornografía. Mi papá me regalo mi primera revista para mayores de 21 años cuando apenas tenía entre 11 y 12 años. Si mal no recuerdo, mi padre le dijo al kioskero (¿se le dice kioskero al dueño de un kiosko?) : "Eso es para que vaya aprendiendo sobre lo que tienen las mujeres abajo." ¡Joder! Les confieso que quedé de lo más intrigado. ¿Qué coño podría tener una mujer allá abajo? ¿Justamente ahí abajo? Luego de que sacié mi curiosidad robando furtivamente la revista que mi papá muy prudentemente -si sigues a ese ritmo se te va a gastar el güevo- había ocultado en su biblioteca, me pude jactar entre mis amigos de ser unos de los primeros en ver lo que las mujeres tienen allá abajo.

Ahora, ese primer encuentro con la pornografía fue solo parcial. En la revista solo salían mujeres desnudas o con poca ropa, con senos exuberantes y las piernas abiertas, algo softcore. Pero a medida que fui creciendo las húmedas puertas de la pornografía fueron abriéndose, literalmente. En esos días ver porno por internet era impensable -¡mierda! cuando era pequeño el internet no existía- así que solo nos quedaba el método manual y ver películas en el VHS. El método manual era el más fácil y el mas accesible: solo tenías que tener buena memoria fotográfica, un par de Playboy´s y una prolija imaginación. Eso y un poco de ocio eran más que suficientes para tomar duchas muy largas. En cambio, con el VHS entré a un mundo nuevo de pornografía. Ya no solo era la mujer que, provocadoramente, abría sus piernas y dejaba caer sus pantys. No, ahora en la escena había un hombre o varios tirándose a la mujer que chillaba como un puerco en un matadero. Ahí empezaron a surgir mis problemas con la pornografía. De acuerdo, no puedo negar que esta modalidad de pornografía tiene sus ventajas: son una fuente inagotable de educación sexual. En serio, yo solía verlas mientras tomaba notas, hacía resúmenes, esgrimía teorías y formulaba hipótesis. Es que, seamos sinceros. ¿De qué otra parte un adolescente puede recolectar sincera y franca educación sexual? ¿De sus padres? ¿De la biblioteca de su colegio? No lo creo. Pero a pesar de lo didácticas que eran, todas estás películas adolecían del mismo problema: había penes. Y cualquier escena con un pene, supera el número de penes ajenos que estoy dispuesto a ver: cero.

En un principio no le di mucha importancia. Ver películas pornográficas en ese entonces era un lujo. Además, tener un VHS en tu cuarto era así como tener hoy en día un Home Theater. Pero poco a poco me fue molestando lo del tipo en la escena. No le encontraba sentido ver a un carajo -que no eres tú- tener sexo con una exuberante pelirroja. No sé, jamás me gustó mucho esa idea de porno sin tomar en cuenta que a veces el camarógrafo enfoca el culo del tipo en vez del de la pelirroja exuberante y es un poco incómoda la situación -por no decir: completamente bizarra-. Para mí, fue una etapa muy difícil. Mientras mis amigos y hermanos mayores hablaban sobre la última película de Fulanita Totonalampiña y Menganito Bigmacana yo contemplaba las ya usadas y maltratadas revistas de mi infancia con las páginas misteriosamente adheridas unas con otras -les ha pasado también ¿verdad?-.

Luego y gracias al dios libidinoso que creó a las lesbianas, llegaron las películas girl and girl action. ¡Finalmente, el mundo del porno tomó sentido de nuevo para mí! ¿Mujeres teniendo sexo? Si, señor. Como debe ser la pornografía para hombres: solo mujeres letalmente sexy´s tocándose entre sí. ¡Nada de penes ajenos -con el mío basta- o tipos con pinta de mecánicos cachandos! ¡Nada de diálogos forzados y juegos de palabras con doble sentido -déjame revisarte la parte de atrás con mi gran herramienta-!

P.D: si eres mujer y terminaste de leer todo este post a pesar de las continuas y repetidas alusiones a: penes, masturbación, vagina, sexo, pornografía, etc. Primero: pervertidas. Segundo: ser pervertidas es bueno, no se cohíban.

viernes 20 de noviembre de 2009

Del odio hacia mis congéneres

Me considero un observador del comportamiento humano. Me fascina (de una manera totalmente morbosa) ver como las personas se comportan en lugares y situaciones específicas. En realidad, me gusta intentar entender el comportamiento de las personas, sus miedos, sufrimientos y alegrías. Puedo, por un lado, sentir sus miserias como si fueran mis miserias. Por otro lado, puedo aborrecer cualquier acto, palabra o pensamiento que produzca cualquier ser.
Un odio bruto, básico y elemental. Sin sentido y sin razón. Un espasmo de cordura en un mundo atiborrado de locos.

En fin, tengo la terrible tendencia de sentir un odio generalizado por el ser humano que no solo produce en mí un (prudente) distanciamiento social y emocional de otras personas sino a la misma vez una misantropía humanista, un afán por entender eso que tanto odio. ¿Razones? Sobran. Al parecer, el odio que inspira el prójimo no está lejos de ser una reacción normal. Un sentimiento razonable. ¿Por qué? Basta con mirar los noticieros, leer el periódico u observar a tu vecino. Tantas razones para odiar al Hombre que sería moralmente incorrecto no hacerlo.

El distanciamiento es inevitable. Esta lejanía nos da una perspectiva única que ofrece una visión mas o menos real del asunto. Lo más duro no es alejarse del género humano y pasar a ser un mero observador. Lo más difícil es volver al juego siendo consciente de lo que estás jugando, sumergirte de nuevo en toda esa miseria fétida cuando ya has probado el aire helado pero puro de la montaña. Lo realmente difícil es volver a ser el mismo cuando has mirado directamente a los ojos del abismo.

El humano es una mierda. Y punto.